No había interés de por medio, así que todo el día se nos
fue en pasear juntos y hablar mucho. Es extraño que después de un par de horas,
si las cosas van por buen rumbo, uno termina sacando los trapitos al sol con la
persona más inesperada. Descubrí que Ángel no estaba del todo enterado de mis
juegos de cazatalentos y eso me encantó.
Salimos un par de veces más utilizando pretextos
absurdos. Era relajante estar con alguien que no temía decirme las cosas y que no
buscaba agradarme. En cambio, mis citas habituales comenzaban a resentirse y buscar mi atención con mimos y obsequios. Qué
reacción tan interesante.
Durante mi día libre, después de ver a Fernando, me
encontré con Ángel. Iríamos al cine y yo llegué tarde. No acostumbro llegar tarde..., pero con Ángel siempre pasa. Él tenía cara de
pocos amigos y yo llegué disculpándome a más no poder. La culpa me volvió
tímida y él se burló de mi reacción. Comienzo
a detestarlo.
Me pareció que era demasiado audaz en sus comentarios y pensé
que sería una buena idea darle un susto. De vuelta a casa, me acerqué haciendo
la finta de robarle un beso y él sonrió creyendo que no sería capaz de tocarlo
a tan corta distancia. ¡Qué ingenuo! Lo besé y con ello él borró esa estúpida
sonrisa y adquirió una expresión que carecía de todo color. Creo que estaba en shock y esta vez me tocó reír mientras
él apartaba la mirada totalmente avergonzado y molesto.
Llevé el violín a que lo repararan y Ángel se ofreció a
acompañarme. ¿Qué, te molesta que no te
incluya? Eres mi lado sin prejuicios
e hiciste que todo fuera divertido, aunque debo decirte que para relacionarte con
otros eres un desastre. Nuestra aventura me ha enseñado mucho, pero creo que
debo de recuperar el control. Debí entenderlo el día en que Fernando nos sugirió
ser su amante. No sabíamos que estaba casado. Es suficiente para mí. Perdí el juego.
Mi amigo vino de visita durante el fin de semana y yo me
puse muy contenta cuando nos encontramos en la plaza de siempre. Le conté sobre los líos
que tuve que pasar para poder reparar mi violín, y tocó una pieza en mi ‘pequeño’
después de afinarlo. Me ha preguntado por el muchacho del que no paré de hablar. No pude evitar sonreír pidiéndole que guardara el secreto.
Ángel había pasado a recogerme.
Ángel había pasado a recogerme.