domingo, 24 de febrero de 2013

Crescendo

Fui a la fiesta que te mencioné y conocí a la prometida de mi amigo. Me pareció muy agradable. Verlos juntos me hizo entender que estaba haciendo lo correcto al apartarme, pero al mismo tiempo me causaba conflicto, ¡Qué sensación tan extraña!  

Buscando alivio, salí al jardín, y después de acomodarme sobre el pasto me puse a beber el vaso de clericot que traía en la mano. Muy pronto me di cuenta de que era vigilada por una persona que reconocí como integrante de la orquesta, y que desde antes del concierto me acosaba con la mirada. Me sentía poco paciente y le pregunté qué quería, y él a su vez me preguntó sí me había gustado la presentación. Inicialmente no le di importancia a su conversación; ya sabes lo poco tolerante que soy cuando alguien no me agrada, aunque algo en su manera de aguantar mi humor ácido me pareció gracioso. Se presentó como Sebastián, y es un chelista.

Mi amigo me sacó a bailar y aprovechó para preguntarme por el joven músico que me había seguido todo el tiempo. Fue muy bromista al respecto. Me animó a intentar algo con su compañero y yo terminé mortificada por su sugerencia. ¡Él no tenía ni idea! Cuando me marchaba, Sebastián me alcanzó en la escalera para invitarme a un ensayo informal que harían al día siguiente en su casa. Me sentí incomoda al recordar los comentarios de mi amigo, y tomé el papel con la dirección (aunque le advertí que no prometía nada).

Una parte de mi estaba sorprendida cuando noté que de camino a clases terminé frente a la casa que me indicaba el croquis improvisado. No tengo nada que perder, me repetía mientras tocaba el timbre. Era obvio el interés de esa persona, y ser consciente de ello me hacía tímida. Sebastián abrió la puerta; al reconocerme se notó más que sorprendido y pude observar como el color rojo le invadía el rostro. Me invitó a pasar y me encontré con un grupo reducido de músicos en el jardín que interpretaban piezas diversas, principalmente covers. Fue un espectáculo asombroso.

Cerca del final de la reunión, presencié un duelo de chelos con el que Sebastián me cautivó: con cada nota, con cada movimiento y con cada sonrisa de satisfacción me parecía cada vez más irresistible. ¡Qué majestuoso es ver a alguien hacer lo que le gusta! En mi cabeza solo existía una pregunta: ¿Por qué no? Me entregué a un breve romance del que mis amistades sabrían un par de días después y que ahora te cuento. Era mi momento de experimentar y de no pensar en mi lastimera sensación de abandono. 

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