Buscando alivio, salí al jardín, y después de acomodarme sobre
el pasto me puse a beber el vaso de clericot
que traía en la mano. Muy pronto me di cuenta de que era vigilada por una
persona que reconocí como integrante de la orquesta, y que desde antes del
concierto me acosaba con la mirada. Me sentía poco paciente y le pregunté qué
quería, y él a su vez me preguntó sí me había gustado la presentación. Inicialmente
no le di importancia a su conversación; ya sabes lo poco tolerante que soy cuando
alguien no me agrada, aunque algo en su manera de aguantar mi humor ácido me pareció
gracioso. Se presentó como Sebastián, y es un chelista.
Mi amigo me sacó a bailar y aprovechó para preguntarme
por el joven músico que me había seguido todo el tiempo. Fue muy bromista al
respecto. Me animó a intentar algo con su compañero y yo terminé mortificada
por su sugerencia. ¡Él no tenía ni idea!
Cuando me marchaba, Sebastián me alcanzó en la escalera para invitarme a un
ensayo informal que harían al día siguiente en su casa. Me sentí incomoda al
recordar los comentarios de mi amigo, y tomé el papel con la dirección (aunque le
advertí que no prometía nada).
Una parte de mi estaba sorprendida cuando noté que de camino
a clases terminé frente a la casa que me indicaba el croquis improvisado. No tengo nada que perder, me repetía mientras
tocaba el timbre. Era obvio el interés de esa persona, y ser consciente de ello
me hacía tímida. Sebastián abrió la puerta; al reconocerme se notó más que
sorprendido y pude observar como el color rojo le invadía el rostro. Me invitó
a pasar y me encontré con un grupo reducido de músicos en el jardín que interpretaban
piezas diversas, principalmente covers.
Fue un espectáculo asombroso.
Cerca del final de la reunión, presencié un duelo de
chelos con el que Sebastián me cautivó: con cada nota, con cada movimiento y con
cada sonrisa de satisfacción me parecía cada vez más irresistible. ¡Qué
majestuoso es ver a alguien hacer lo que le gusta! En mi cabeza solo existía
una pregunta: ¿Por qué no? Me
entregué a un breve romance del que mis amistades sabrían un par de días
después y que ahora te cuento. Era mi momento de experimentar y de no pensar en
mi lastimera sensación de abandono.