Creo que te has entretenido mucho últimamente. El darte
mi voluntad para hacer lo que quieras ha permitido que el miedo y la culpa se
desvanezcan. Leo los mensajes en mi celular y no paro de sonreír ante los
cumplidos e invitaciones que recibo. Todo
esto es muy divertido.
El jueves, Carlos me acompañó a uno de los conciertos de
la Orquesta de Cámara de Bellas Artes, y se ha quedado dormido a media
presentación. Es algo que sabía que pasaría pero no me molestó porque junto a
mí se sentó un joven interesante. Todo comenzó con una mirada y el resto fue
más fácil. Todo se reducía a ver quién se atrevería a hacer el primer
movimiento. Lo hizo él cuando Carlos y yo nos marchábamos. El chico me sonrió y
se acercó a nosotros iniciando una conversación que se prolongó durante todo el
trayecto en el metro hasta la estación de Buenavista. A Carlos le pareció agradable; también me lo pareció.
Su nombre es Khristian y es un estudiante de escultura. Tiene
el tipo de personalidad que provoca que te caiga bien enseguida. Pareció interesarse
mucho en mi universidad y lo invitamos a visitarla. Él ha dicho que vendrá
durante esta semana, y para facilitar las cosas nos dio su nombre para
encontrarlo en la red. Carlos me ha pedido darle el paseo, le parece aburrido
hablar demasiado sobre cosas que tengan que ver con arte y diseño. Además, opina
que seré una buena anfitriona.
Durante el fin de semana intercambiamos números, y
Kristian no ha parado de enviarme mensajes (ocasionalmente los contesto). Carlos
ha visto uno de ellos y pareció incomodarse, pero no me ha dicho nada. De
cualquier modo, Carlos y yo no somos algo formal. No tiene un trato exclusivo
que me impida coquetear con otros. Creo que él lo sabe y por eso no me ha
preguntado al respecto.
Durante el trabajo me llegó un mensaje que conseguí leer
hasta que llegué a casa. Pensé que sería un mensaje de Kristian o Carlos, pero
me equivoqué. Era un tierno mensaje de “aquél”. Cuando lo leí no pude evitar sentirme irritada y arrojé el celular
sobre la cama. Mientras buscaba controlar mi enojo, mis ojos tropezaron con la
fotografía que tengo sobre la cómoda: en ella aparece mi amigo. Si le contara
que me ha llegado un mensaje de ese tipo, estoy segura de que me recordaría ser
fuerte. ¿No has olvidado a ese canalla,
cierto? Nos hizo mucho daño e incluso me hizo dudar de mi valía. Al final,
el único que fue paciente y me animó a terminar esa ridícula historia fue mi
amigo. Me ayudó a sonreír de nuevo. Pero ahora es diferente, ahora tú puedes
darme la fuerza que no poseo.
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